rmesa_Mi confrontación con la docencia
Desde muy pequeña me sentí atraída por la docencia. Siempre aspire a ser profesora del nivel básico. Las circunstancias no me permitieron ingresar a la Normal Veracruzana, razón por la cual me inscribí en La Facultad de Pedagogía, en la UV.
De 1983 a 1985 aun teniendo clave docente realice actividades administrativas. Fue a partir de septiembre del 1987 que entre de lleno a la docencia. Sin decir agua va, me asignaron cuatro grupo de primer semestre, de 50 alumnos, e impartiendo la materia de Taller de Lectura y Redacción (no experiencia, no perfil).
Ha sido difícil, pero no imposible. La docencia es fascinante llena de satisfacciones y sinsabores. Una responsabilidad similar a la de los doctores, no te puedes equivocar, aquí no existe el “me equivoque” lo voy a corregir”.
Aun siendo mi inclinación por el nivel básico, trabajar en el nivel medio superior es algo que no cambio por nada. La convivencia con los adolescentes es reconfortante, con ellos no puedes jugar o improvisar, son tan críticos y observadores que un paso en falso es fatal. Ellos te catalogan o etiquetan desde las primeras sesiones, ya que se percatan si dominas o no el tema, así como de tu habilidad para controlar el grupo, quiere decir, que ganarte su reconocimiento y respeto requiere de mucho.
Me siento satisfecha cuando aquel joven que se le dificultaba tanto estudiar, egresa. Otra cosa que me llena de alegría es cuando me consideran una amiga y me cuentan sus problemas. Y lo más satisfactorio es cuando ya son profesionales y me visitan, es padrísimo saber que se nos recuerdan.
Me siento incompetente cuando requieren de apoyo psicológico, tienen alguna adicción profunda o relaciones tormentosas, entre otras, y recurren a mi pidiéndome ayuda, pero no cuento con las herramientas para brindárselas; en ese momento quisiera ser “todóloga”, sabelotodo, no sé, es frustrante.